Tratado Tercero. Cómo Lázaro Se Asentó Con Un Escudero Y De Lo Que Le Acaeció Con Él
La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus calzas y jubón y sayo y capa, y yo que le servía de pelillo. Y vísteseme muy a su placer de espacio. Echéle aguamanos, peinóse y púsose su espada en el talabarte, y, al tiempo que la ponía, díjome:
-¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es ésta! No hay marco de oro en el mundo por que yo la diese; mas así, ninguna de cuantas Antonio hizo no acertó a ponerle los aceros tan prestos como ésta los tiene.
Y sacóla de la vaina y tentóla con los dedos, diciendo:
-¿La ves aquí? Yo me obligo con ella cercenar un copo de lana.
Y yo dije entre mí: «Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras».
Echando el cabo de la capa sobre el hombro
Tornóla a meter y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del talabarte. Y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo:
-Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oír misa, y haz la cama y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está, y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio porque, si yo viniere en tanto, pueda entrar.
Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al conde de Arcos o, al menos, camarero que le daba de vestir.

La honra

La honra es la estima y respeto que los demás le deben a uno.
Es una cualidad que se heredaba o se ganaba por cumplimiento del deber o por ejercer ocupación religiosa, política o militar.
El mayor signo de ella eran la riqueza, pero también los modos de tratamiento, los saludos, la ubicación de la residencia (cuanto más cerca de la plaza principal mejor), la calidad de la indumentaria, el apellido, el tipo de lenguaje y las actividades religiosas.
La honra se perdía por practicar oficios envilecedores como los artesanales o comerciales. También se perdía por no poder comprobar "limpieza de sangre", es decir, la inexistencia entre sus antepasados de judío, de hereje o de condenado por la Inquisición.
En España, los que tenían más honra eran elegibles para trabajos públicos, incluso se les llegaba a otorgar tierras y títulos nobiliarios por lo que no trabajaban ni pagaban impuestos.
El prestigio social y las ventajas económicas hacían que los españoles cuidaran y defendieran su honra y tuvieran una inmensa preocupación de no perderla, muchas veces llegando hasta extremos ridículos, como se satiriza en el Lazarillo o el Quijote.
«¡Bendito seáis Vos, Señor -quedé yo diciendo- que dais la enfermedad y ponéis el remedio! ¿Quién encontrará a aquel mi señor que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y, aunque agora es de mañana, no le cuenten por muy bien almorzado? ¡Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis y las gentes ignoran! ¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa y sayo?
¿Y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer con aquel mendrugo de pan que su criado Lázaro trajo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir de la halda del sayo? Nadie por cierto lo sospechará. ¡Oh Señor, y cuántos de aquéstos debéis Vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra, lo que por Vos no sufrirán!» Así estaba yo a la puerta, mirando y considerando estas cosas y otras muchas, hasta que el señor mi amo traspuso la larga y angosta calle.
No hay marco de oro en el mundo por que yo la diese